Límites… ¿a quién?

Límites… ¿a quién?

“A los chicos hay que ponerles límites”, frase socialmente aceptada que puede esconder y justificar una práctica común y naturalizada en relación a la crianza de las niñas y los niños: el maltrato. En una entrevista en Shalom Bait, la psicóloga especializada en violencia familiar, Andrea Palacios, reflexiona sobre algunas de las causas y consecuencias de esta práctica.

Se escucha frecuentemente que a los niños y las niñas hay que ponerle límites, ¿cuánto de cierto tiene esta afirmación?

Podría resultar interesante imaginar cómo serían las cosas (o como podrían empezar a ser) si algún día existiera la creencia y la convicción universal de que a los niños y a las niñas hay que acompañarlos en su desarrollo, cuidarlos y protegerlos respetuosamente desde una atención y disponibilidad amorosas.
Suele asociarse el límite, casi exclusivamente, al no. Esta reducción no permite identificar toda una gama de posibilidades más allá (o más acá) de esa frontera. Es frecuente escuchar que se debe acostumbrar a los hijos y a las hijas al no, ya que se encontrarán con muchos no a lo largo de su vida. Este afán de ejercitarlos en este tipo de experiencias, convierte muchas respuestas que podrían ser “si”, “lo pienso…”, “pensemos…”, “mejor así…”, “así no, porque…”, en un rotundo e inapelable no. Entrenarlos para futuras frustraciones, termina convenciéndonos, la mayoría de las veces, que el no es la única opción.
Otra creencia asociada a la anterior, es que si no se les pone límites, los chicos “hacen lo que quieren”. Esta expresión no dice si lo que quieren es perjudicial o no. Lo que parecería cuestionar es, sencillamente, que hagan lo que quieran, es decir, que sean libres de elegir. Como si hacer lo que se quiere (especialmente en la infancia) estuviera mal en sí mismo.
Los chicos aprenden de lo que viven. Necesitan que las madres y los padres les brinden un cuidado respetuoso y una contención amorosa. Las propias conductas adultas son las que indefectiblemente, transmiten y enseñan. Deberíamos prestar especial atención a qué y cómo hacemos y decimos. Los niños y las niñas, ya lo hacen… e inevitablemente aprenden de ello, todo el tiempo.

¿Es importante que los padres se posicionen como una figura de autoridad frente a sus hijos e hijas?

Recuerdo una frase: la imposición de una idea, por parte del adulto, que resulta incomprensible para el niño, sólo enseña al niño, a estar de acuerdo con el adulto en quien tiene el poder. La autoridad, no sería algo que una persona pueda autoatribuirse, al estilo de “me tenés que respetar porque soy tu madre”. La autoridad, como referencia, como lugar de contención, en todo caso, es un aspecto de la relación que se va construyendo. Si los padres y las madres se descontrolan para controlar, si lo único que quieren (y a cualquier precio) es que se les haga caso, en ese mismo acto, se desautorizan a sí mismos.
La otra cara de esta misma situación, son los hijos y las hijas,aprendiendo modos y estilos no deseables, y lo que es más grave aún, sin una referencia adulta consistente y segura en la cual confiar.

¿Cuáles son las formas de maltrato más comunes en la niñez y qué consecuencias tienen?

El tipo de maltrato más visible es el físico. Sin embargo, existen diversas formas de maltrato emocional, como por ejemplo, no escuchar a los hijas e hijas, avergonzarlos, burlarse,ignorarlos, humillarlos, desvalorizar sus acciones, sus pensamientos.
La cronicidad de estas conductas impactan en la autoestima. El hecho de que estén dirigidas precisamente a quienes están en pleno proceso de desarrollo, lo hace más grave aún. Justamente por la dependencia general, y fundamentalmente afectiva, de los hijos y las hijas en relación a sus padres y a sus madres, sería esperable que suceda todo lo contrario. Que el “poder” no sea utilizado abusivamente, sino que sea poder amar, poder cuidar, poder respetar. Cuando el maltrato proviene de quienes deben cuidar y proteger, el sentimiento de desamparo e inseguridad que experimentan los niños y las niñas es tal, que hasta pueden, defensivamente, hacer como que no les pasa lo que les pasa. El hecho de no registrar lo mal que se sintieron, es uno de los factores, entre otros, que facilita a largo plazo, la repetición de esta dinámica con sus propios hijos e hijas.

¿Por qué pareciera existir cierto acuerdo generalizado con la idea de que “un chirlo a tiempo” puede resultar beneficioso?

Un golpe, un grito, un zamarreo, un tirón de pelo, una mirada “paralizante”, un gesto amenazador… suelen ser “efectivos”, quiero decir, es altamente probable que los hijos y las hijas abandonen lo que estaban haciendo frente a estas “respuestas”. La efectividad inmediata, no tiene que ver con la interiorización de ninguna pauta ni aprendizaje positivos. Por el contrario, tiene que ver con el miedo, con el dolor, con la vergüenza, con el sometimiento. El acuerdo con este tipo de crianza prioriza “el fin logrado” y se nutre de un sistema de creencias que define claramente, entre otros, los conceptos de hijo, hija, padre, madre,disciplina, obediencia, autoridad, etc.
El contexto social, cultural e histórico habilita este camino más corto. Pareciera que los grandes estamos autorizados a maltratar a los chicos. Hay un aval y acompañamiento general para que el maltrato exista.
Para que los adultos podamos poner en cuestión esta práctica acorde a este sistema de creencias y dejemos de sostenerla, se necesita esfuerzo, atención constante, la plena convicción de que el camino puede ser otro y la decisión de hacer que eso ocurra.

En su libro “Por tu propio bien”, la psicoanalista Alice Miller escribió que la manera en la que hemos sido criados influye en la manera en la que educaremos a nuestros hijos. En los casos de maltrato, ¿cómo es posible cortar con esa herencia violenta?

Es tan grande la desprotección e inestabilidad que experimenta quien ha sido maltratado de chico que una manera de soportarlo es hacer que no pasó lo que pasó, y/o justificar a los padres… que lo hicieron por su propia historia… porque una/o se lo merecía… porque en esa época era así…, y/o convencerse una/o misma/o que no fue para tanto, que no le hizo tanto mal, creer que era por el bien de una/o como hija/o… Todas estas opciones van neutralizando el registro de lo que se sintió, naturalizando este tipo de conductas, con lo cual, todo está preparado para repetirlas.
La llave que posibilitaría hacer algo distinto, es la conexión afectiva con la propia historia, la empatía con la propia infancia. De esta manera las personas adultas podrían ser empáticas con sus hijos e hijas, y entonces entenderían qué es lo que sienten. Es importante estar dispuesta a revisar las propias conductas y estar atenta a lo que generamos en el otro. Tratar bien, como venimos diciendo, desde el amor y el respeto, a nuestros hijos e hijas, además de ser altamente beneficioso para ellos y ellas, es absolutamente reparador para quienes encaran este camino. De alguna manera, sería como volver a escribir el principio de nuestra historia.

¿Cuáles son algunas de las formas posibles de intervención ante la violencia de los padres y madres hacia sus hijas/os?

Obviamente que dependiendo de la magnitud y de las características de cada situación, se podrían (o deberían) hacer diferentes cosas. Si es una situación presenciada circunstancialmente, una podría pararse próxima a la escena, generando un corte en la secuencia. Por un lado es una oportunidad para que el nene o la nena puedan no naturalizar lo que les está ocurriendo. Hay alguien que no sigue de largo. Conectar con él o ella a través de una mirada cómplice, o de un comentario adecuado, puede ayudarlo/a a que de crédito a lo que siente. También podría ser una oportunidad para intentar llegar a quien está ejerciendo el maltrato, con alguna palabra, alguna pregunta, como ofreciendo una ayuda frente a su desborde y su descontrol.
Si se maltrata a un chico y la gente que lo ve,o lo sabe,y no reacciona ante esto, no hace nada, irá tomando fuerza en él la idea, de que lo que le pasa es su culpa, que es lo que corresponde, que no es tan grave, que casi es natural que suceda, que es por su bien. La construcción de esta forma de pensar, como ya lo hemos dicho, favorece la repetición. Lo que le está ocurriendo a este chico, será la historia del padre de sus futuros hijos.
Siempre vale la pena intentar romper este ciclo.

Este fragmento de Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago, expresa de manera muy clara la inevitable trascendencia de nuestros actos.

“Los buenos y los malos resultados de nuestros dichos y obras se van distribuyendo, se supone que de forma bastante equilibrada y uniforme, por todos los días del futuro, incluyendo aquellos, infinitos, en los que ya no estaremos aquí para poder comprobarlo, para congratularnos o para pedir perdón, hay quien dice que eso es la inmortalidad de que tanto se habla.”

Andrea Andrea Palacios es psicóloga especializada en violencia familiar y una de las fundadoras de Shalom Bait. En la organización coordina grupos de ayuda mutua y brinda asistencia individual a mujeres víctimas de violencia. Además trabaja en la Unidad Coordinadora de Prevención y Atención Integral a Niños/as y
Adolescentes en Situación de Explotación Sexual de la Dirección General de Niñez y Adolescencia, que depende del Ministerio de Desarrollo Social.

Licenciada en Relaciones Internacionales de la Universidad Torcuato DiTella y estudiante de tercer año de periodismo en TEA.

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