Defender a las mujeres víctimas de violencia: un desafío profesional y personal

Defender a las mujeres víctimas de violencia: un desafío profesional y personal

Por Diana Rosenhek. Abogada del equipo de Shalom Bait

 

Muchas veces les pedimos a las mujeres víctimas de violencia que cuenten sus historias de vida y el impacto que la violencia ha causado en ellas.
Hoy nos toca a nosotras, profesionales que asistimos a estas mujeres, contar cómo es la experiencia de trabajar  día a día con esta temática, en mi caso defendiendo sus derechos y los de sus hijas e hijos.

Como abogada puedo decir que no sólo se trata del  efecto que nos genera el trabajo con las mujeres víctimas, sino  también de la violencia institucional a la cual nos vemos sometidas, tanto las mujeres como sus patrocinantes, en el largo camino de su protección y la defensa de sus derechos y los de sus hijos e hijas.

Cuando terminé mi formación universitaria, salí de la facultad con un cierto bagaje de conocimientos teóricos, un insipiente razonamiento crítico y el ansia de comenzar a litigar en pos de lograr la tan mentada “justicia”, pero con poco o nada de formación en el campo de lo comunicacional y en la capacidad de generar vínculos empáticos con nuestras/os “clientes”.

Muchos años después decidí dedicarme al derecho de familia, y cuando tuve la oportunidad de comenzar a trabajar en la temática de la violencia de género tomé conciencia  de que para asumir la defensa de las mujeres vulneradas la aplicación de la ley no era suficiente, sino que  también era fundamental asumir un compromiso ético e ideológico sobre el tema.

Esto que parece tan simple y que en general damos por sentado, no lo es. Tuve que aprender a poner la distancia suficiente con las situaciones para que mi trabajo no se vea perjudicado, a lidiar con la  identificación con algunas mujeres y/o situaciones, así como también  superar el hecho de no poder identificarme con otras, y trabajar en esto para que no sea un obstáculo en mi tarea.  Todas y cada una de las mujeres merecen el mejor acompañamiento.
Este compromiso es el que me lleva a comunicarme con ellas,  entenderlas, a agudizar mi escucha y  generar un vínculo que les permita sentir que se encuentran acompañadas en un camino tan difícil como el judicial, más allá de los resultados de nuestra intervención.

No es suficiente que les demuestre mis conocimientos en la temática, también es imprescindible lograr conectarme con ellas y con su sufrimiento. Es fundamental que sepan que creo en sus relatos, que entiendo su angustia, su enojo, su frustración y su demanda y  que estoy dispuesta a acompañarlas en su reclamo de justicia y defensa de sus derechos.

Es por esto que desde que comencé trabajar en la defensa de las mujeres víctimas de violencia, el concepto “cliente” no tiene cabida.

Ahora bien, este compromiso, no resulta inocuo; nos tenemos que enfrentar a la revictimización de las mujeres, la falta de escucha, la minimización del riesgo al que están expuestas y la permanente invisibilización de sus hijas e hijos por parte del sistema. Emprendemos luchas que nos generan estrés, frustración e impotencia. En estos casos mantener nuestra capacidad de protección y acompañamiento es un gran desafío.

Desde esta experiencia considero imprescindible que el abordaje legal de las situaciones de violencia sea interdisciplinario, porque es la mejor forma de ayudar a las mujeres, y a su vez es un sistema de apoyo y contención entre las profesionales que trabajamos en la temática.
Así como muchas veces es difícil para el resto de las profesiones entrar en el razonamiento jurídico y encuadre normativo, también para nosotras como profesionales del derecho es difícil adaptarnos a otras pautas de razonamiento y actuación. La articulación con otras disciplinas nos permite tener una visión integral de cada caso, profundizar nuestro compromiso ideológico y desafiar más libremente la injusticia, algo imposible de lograr únicamente desde el marco legal, que es en general rígido y acotado.

Shalom Bait es una organización de la sociedad civil creada en el año 2003 en el marco de la comunidad judía, con el compromiso de defender el derecho que todas las personas tenemos a vivir en un hogar sin violencia.

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